La cantante que entró al estudio sin avisar
Cuando entró a mi oficina detrás del jefe, supe que iba a perder. Su voz la había escuchado mil veces; ahora la tenía a un metro, mordiéndose el labio.
Cuando entró a mi oficina detrás del jefe, supe que iba a perder. Su voz la había escuchado mil veces; ahora la tenía a un metro, mordiéndose el labio.
Solo el filo de su tanga se interponía entre mis dedos y aquello que llevaba meses imaginando cada noche a solas.
El cartel decía que abría cuando el resto del mundo dormía. Empujó la puerta sin imaginar que, del otro lado, una desconocida ya había decidido cómo terminaría su madrugada.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Abrí la puerta esperando a un vendedor cualquiera. Lo que no esperaba era quedarme mirando cómo se le aceleraba la respiración cada vez que mi bata se abría un poco más.
Llevaba toda la noche fantaseando con ella. Cuando sonó el timbre a la mañana siguiente, ya tenía cada paso del plan grabado en la cabeza.
No nací cortesana, me convertí en una. Primero dejé atrás el cuerpo que me apretaba como un traje ajeno; después aprendí a usar el que siempre fue mío.
Llevábamos meses compartiendo cafés y confidencias. Esa tarde, con la taza todavía caliente entre las manos, ella me preguntó algo que ninguna amiga se atreve a preguntar.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Cuando mi madre apareció del brazo de su nuevo esposo, vi a mi padre quebrarse. Esa noche decidí que yo sería todo lo que él necesitara.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
—Ven, pequeña —me dijo desde la cama, y supe que cruzar esa puerta iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.