El match que vivía a doscientos metros de mi casa
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Solo quería terminar lo que la arena de la playa había empezado, pero verlo ahí cortando el pasto fue una invitación que no supe rechazar.
Bajé del coche solo para recoger un paquete y ahí estaba él, el flaquito que me veía en bikini, ya hombre y mirándome como si todavía tuviera mil preguntas.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
Sabía que todos me miraban cuando dejé caer el vestido. Lo que no esperaba era que uno se levantara, caminara hasta el agua y se atreviera a hablarme.
Vacaciones en pareja, un bikini que cubría apenas lo necesario y dos viejos amigos que aparecen sin avisar. Lo que pasó en la playa nudista nunca lo conté en casa.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Cuando la vi entrar al trabajo con los mismos leggings negros del día anterior, supe que esa jornada no iba a terminar como las otras. Tampoco como yo creía.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Reservé la habitación tres semanas antes. Cuando ella se mordió el labio en el rellano del segundo piso, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Aquel mensaje cualquiera en su pantalla destapó el trato que habíamos firmado meses antes: experimentarlo todo, sin secretos, hasta donde nuestra calentura aguantara.
Cuando subí a la biblioteca a buscar unos legajos, no esperaba sentir las manos de mi hermanastro sujetándome la cintura como si tuviera derecho a hacerlo.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.