La clienta del café me citó esa noche con su marido
Llevaba semanas observándome desde su mesa de la esquina, con esa calma que me desordenaba algo por dentro. Cuando se sentó frente a mí en mi descanso, no vino sola.
Llevaba semanas observándome desde su mesa de la esquina, con esa calma que me desordenaba algo por dentro. Cuando se sentó frente a mí en mi descanso, no vino sola.
Abrí la puerta convencida de que era mi marido. Estaba en ropa interior, despeinada y descalza. Cuando vi quién era, supe que no iba a poder cerrarla a tiempo.
Las gafas oscuras nos dieron el permiso perfecto: él miraba a las chicas en topless, yo miraba a los hombres, y los dos sabíamos lo que vendría después.
A las seis y media de la mañana salté la reja, entré por la cocina y me metí desnudo en su cama. Carmen ni se sobresaltó: me esperaba desde la madrugada.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Soy periodista y odio a los políticos. Pero esa noche Adrián me susurró algo al oído junto al taxi y, sin saberlo, firmé mi sentencia de muerte.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
Era el director invisible de una obra prohibida: vi a mi mujer transformarse frente al pintor sabiendo que yo la espiaba desde el otro lado de la cámara.
La cerveza nos había puesto cariñosos y la terraza parecía vacía. Hasta que vi el destello de unos prismáticos enfocándonos desde la colina.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Volví de meses en la Patagonia y la encontré sentada en la cocina a la una de la mañana, con una copa en la mano y esa mirada que prometía pelea.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.