El intercambio que empezó en la pista de baile
Bruno me sonrió desde lejos y Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Dos minutos de baile bastaron para saber que esa noche no terminaría con un apretón de manos.
Bruno me sonrió desde lejos y Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Dos minutos de baile bastaron para saber que esa noche no terminaría con un apretón de manos.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Aquella tarde, mientras mi cuñada me contaba con lujo de detalles lo que mi hermano le hacía en la cama, sentí un calor entre las piernas que no podía justificar.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Subí los cuatro pisos con el corazón disparado. Quería un juguete, pero salí con algo más: la mirada de la chica detrás de los lentes grabada para esa noche.
Una noche, después de demasiadas cervezas, le dije que sí. Lo que vino después me obligó a replantearme todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Subí al segundo piso del bus pensando dormir las siete horas seguidas. A los treinta minutos, un rostro apareció entre los asientos y me preguntó adónde iba.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
Cuando Damián se bajó el pantalón delante de mí y de su mujer, mi corazón se aceleró y supe que esa tarde no íbamos a volver de donde estábamos yendo.
Llevaba años hablando con él sin que pasara nada. Una tarde me propuso un trío con su amigo. Me arreglé, me puse el conjunto negro y crucé esa puerta.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Tenía una hora robada del trabajo y aquel desconocido frenó la moto frente a mí. Subí sin pensar y supe, antes de llegar al edificio, que ya no había vuelta atrás.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.