La obra en casa terminó con todos en mi cuarto
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Cuando volví a la cocina por los hielos, mi mejor amiga estaba de rodillas frente a uno de los chicos. Y los demás venían justo detrás de mí.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Me vestí con la ropa más sosa que tenía para no dar señales. Lo que no calculé fue que en ese piso no vivía solo, y que yo seguía siendo la misma de antes.
Una semana después de la fiesta seguía pensando en ellos. Así que les escribí a todos, me puse el vestido más corto y fui a la casa donde sabía que nadie nos interrumpiría.
Bajé al agua con el bikini negro que ellos me habían elegido. Tres hombres me esperaban en la penumbra, y yo sabía exactamente para qué.
Cuando Mariana bajó cambiada y sus amigas la siguieron, supe que esa reunión de oficina no iba a terminar como ninguna otra velada entre conocidos.
La foto llegó a mi correo sin remitente: la reina sonreía con la cara cubierta de leche y la corona intacta. Entonces entendí por qué siempre ganaba la misma clase de chica.
Llevaba cuarenta años esperando participar en unas elecciones. Nadie me avisó de que terminaría desnudo, persiguiendo a una desconocida entre las urnas volcadas.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
A los cuarenta y cinco, ocho años sin tocar a un hombre, Inés creía haberlo visto todo. Hasta que sus dos amigas más recatadas llegaron llorando con la verdad.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Bajé al jardín dispuesta a llamar a la policía. No imaginé que terminaría de rodillas, entregada a los tres extraños que se escondían en la casa de invitados.
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Cuando Renata sacó el tanga del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, supe que aquella sobremesa no iba a terminar con un café.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.