Lo que pasó con el primo de mi esposa aquella tarde
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Nunca pensé que cruzar el umbral de un bar discreto con la ropa interior de mi esposa terminaría llevándome a una habitación de hotel con un desconocido.
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
Pensé que solo iba a conocer a una mujer mayor. Cuando entendí lo que de verdad esperaban de mí, ya estaba desnudo en su habitación y no había vuelta atrás.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
El segundo día, el viento sacudía la cabaña con tal fuerza que solo nos quedaba ver películas. Una de ellas no debió salir nunca de esa caja mojada.
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Le juré que mi novia nunca caería en su trampa. Esa tarde, escondido en el vestidor de su departamento, descubrí hasta dónde podía equivocarme.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.
Cuando sentí ese bulto contra mis dedos en el sofá del balcón, supe que la noche no iba a terminar como la había imaginado. Y, lo más raro, no quise frenar.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Cuando Damián me ofreció el cuerpo de su modelo, supe que la cuenta iba a llegar. Y llegó, sobre su cama, con las muñecas atadas a la espalda.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.