Le escribí a mi vecino en un momento de despecho
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
Cuando entré al baño y encontré las flores y aquella tarjeta, supe que ese verano me marcaría para siempre, aunque todavía no imaginaba cómo iba a terminar.
Cuando apagamos las luces y nos metimos bajo la misma manta, no imaginé que esa pregunta tonta sobre besos iba a terminar con sus dedos buscando los míos en la oscuridad.
En la primaria me quería más de lo que yo era capaz de devolverle. Veinte años después, su voz al teléfono sonaba igual, y a mí me temblaron las manos.
Era la primera vez que la veía en persona. Pensaba contarle lo de la piscina y el socorrista, pero su mano sobre mi muslo cambió la conversación antes de que terminara la frase.
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
El coche iba tan cargado que solo quedaba un sitio: las rodillas de su hijo. Marisol no imaginó que cinco horas de carretera bastarían para cruzar la única línea que jamás debió cruzar.
Llevaba días sintiendo unos ojos clavados en la nuca mientras tocaba. Ese viernes cerré las puertas con llave y bajé del escenario decidida a descubrirla.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Bajé el cierre de su pantalón muy despacio, con miedo a despertarlo. Aquella madrugada cambió para siempre lo que yo entendía por placer.
Cuando bajé a tomar un café en la cafetería desierta del hotel, no imaginaba que él dejaría la fiesta para seguirme con una botella y una idea concreta.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Bastó una fracción de segundo —una toalla resbalando, su piel mojada bajo la luz del balcón— para entender que ya no iba a poder mirarla como antes.
Llevaba meses redactando el anuncio mentalmente; tardé doce minutos en escribirlo, y a la media hora ya tenía siete respuestas. La de él fue la quinta.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.