La apuesta que mi vecino quiso perder en la playa
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Le era fiel a mi marido hasta que aquel hombre levantó su copa hacia mí y, sin tocarme todavía, me dijo al oído todo lo que pensaba hacerme esa tarde.
Acepté el masaje por curiosidad y por el calor de sus manos. Lo que no imaginé fue todo lo que estaría dispuesta a pagar antes de que sonara su alarma.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que se desnudara él también. Era lo justo: él ya me había visto sin ropa en la pantalla y yo llevaba toda la tarde fingiendo curiosidad técnica.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Llevaba meses viéndola con suéter y lentes detrás del monitor. Esa noche, con un vestido vino y una copa de más, me miró de una forma que lo cambió todo.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Cuando los dejé solos en el bar del hotel solo quería darles intimidad. No imaginé que ella subiría con otro hombre y yo me quedaría esperando abajo.
Aceptó el trabajo para huir de una relación apagada. Lo que no imaginó fue que aquel jefe arrogante escondiera a un hombre capaz de dejarla sin aire.
Volví al cuarto sin hacer ruido para no despertarlo, y lo encontré con mi ropa interior entre los dedos y la sábana levantada como una tienda de campaña.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Le prometí a mi amigo que no tocaría a su hermanita. Lo que no le dije es que su mejor amiga se sentaba a mi lado cada clase, demasiado cerca para concentrarme en los números.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.