El actor que daba clases de gimnasia en la academia
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
A las tres de la madrugada Andrés llamó a nuestra puerta. Lo que pasó después en la litera de abajo lo miró mi mellizo desde la de arriba.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Antes soñaba con hombres. Ahora solo con ella: la desconocida que me toca debajo de la mesa y se mete en mi cama cada noche, aunque mi pareja duerma al lado.
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.
Cuando levanté la vista del celular y lo vi caminar hacia mi banca, supe que esa tarde en la Zona T no iba a terminar con una simple charla bajo las palmeras.
Cuando me abrió la puerta con ese vestido corto y esa sonrisa cargada de alcohol, supe que la noche no iba a terminar como ella había planeado.
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.
Nunca había pagado por sexo, y mucho menos a una trans. Pero esa madrugada, con el carro lleno de gasolina y la cabeza llena de morbo, di una vuelta de más.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.
Cuando mi madre por fin decidió casarse, jamás imaginé que el viaje a la isla con mi futura hermanastra terminaría revelándome el secreto de toda la familia.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.