Compartían piso, novio y un secreto que las unió
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Dejé las llaves sobre la mesa sin hacer ruido. La luz tenue salía de la habitación de mi hermano y, antes de asomarme, supe que esa noche iba a cambiarlo todo entre los tres.
Cuando él le pidió fregar el suelo de rodillas, ella no había hecho nada mal. Esa era la prueba: obedecer sin castigo, demostrarle que su mano era la única medida.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.
Cuando tocó mi puerta a medianoche, pensé que necesitaba algo. Lo que no esperaba era verla quitarse el camisón y deslizarse bajo mis sábanas con esa sonrisa.
Había bajado del escenario para agradecer los aplausos, pero su mirada se quedó clavada en los ojos de mi esposa, y supe que esa noche cambiaría todo.
No era la primera vez que pensaba en cruzar ese pasillo, pero sí la primera en que mis pies se movieron antes que la cabeza. La casa entera dormía y yo no.
Cuando mi hijo subió a dormir, él se levantó del sofá y me miró como si llevara toda la noche esperando que nos quedáramos solos.
Cuando Hernán subió al coche y me miró las piernas un segundo de más, supe que aquel viaje no iba a terminar en casa de mi marido.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
A las ocho y media tocó el timbre. Mi marido le abrió; yo lo esperaba arriba, descalza, con un camisón que apenas tapaba nada y un vestido de novia tendido en la cama.
Cuando levanté la mirada en el último asiento del trolebús, los ojos que me devolvieron la sonrisa no eran los de un desconocido: eran los de mi primo Bruno.
Llevaba trece años con su madre y nunca la había mirado de ese modo. Pero esa tarde, cuando salió de la ducha sin nada, descubrí que ya no era la niña que correteaba por la casa.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.
La encontré llorando junto a la ventana de su habitación. Yo sabía que él esperaba detrás de la puerta, conteniendo la respiración, y solo tenía que abrirla.
Estaba desnuda en el balcón, fumando frente al mar, cuando vi al desconocido en el banco de enfrente. Y en lugar de cubrirme, decidí dejar que mirara.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.