La noche que mi jefa se quitó el bañador
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Llevaba treinta años planchando camisas y fingiendo orgasmos. Hasta que un camarero joven en Alicante me devolvió el cuerpo que yo misma había olvidado.
Lo planeamos juntos, en voz baja, la semana anterior. Y cuando él apareció en la puerta esa noche, los dos sentimos que algo estaba a punto de cambiar.
Era la primera vez que iba a la base de transporte a buscarlo. Lo que no sabía es que Rodrigo ya me estaba esperando con una sonrisa que no era inocente.
Empujé la puerta sin tocar y la encontré recostada en pantalón corto. Olvidé las notas, olvidé la culpa, olvidé que era mi madre.
Mis padres no estaban. La tarde era larga y el deseo, insoportable. Cuando el nombre 'Valeria_sola' apareció en la lista, algo me dijo que esa tarde sería diferente.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Nos separaban casi quince años. Yo los sabía de memoria, él no parecía importarle. Esa noche en la cena de empresa, la música tomó el control antes que nosotros.
Cuando ese chico de veinte años apareció en el marco de mi puerta por segunda vez, con las manos temblorosas y la voz cortada, supe que la noche cambiaría.
El borde de los zapatos me había agujereado las pantimedias y cada paso ardía como una penitencia, pero no me detuve hasta tocar su timbre.
No tenía sueño. Él llegó por detrás, me besó el cuello y puso las manos donde yo no podía permitirme gemir. La puerta del cuarto seguía cerrada.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Cuando Roberto se pegó a Claudia en la pista de baile, entendí que esas vacaciones no iban a ser lo que habíamos imaginado.
Cuando las luces del escenario la iluminaron, dejé de verla como mi amiga. Solo veía a la mujer que llevaba años deseando sin atreverme a decírselo.