Mi profesora me encontró tocándome en el jardín
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Cada noche me quedaba hasta el cierre solo por verlo moverse tras la barra. No imaginaba que dentro de aquel chico tímido vivía la mujer que cambiaría mi vida.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Llevaba todo el día imaginando el momento exacto en que la llave girara en la cerradura. No pensaba decirle nada: solo dejar que me encontrara así, esperándolo.
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
El taxi se alejó entre el polvo y, en el porche, los abuelos esperaban con los brazos abiertos. Nadie imaginó que aquel abrazo de bienvenida lo cambiaría todo.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Habíamos pasado meses inventando excusas para no quedarnos solos. Esa madrugada se nos acabaron las excusas, y la cocina dejó de ser solo una cocina.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
Ninguno de los dos buscaba nada esa noche. Pero cuando sus miradas se cruzaron sobre la barra, los dos supieron que no iban a dormir solos.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.
«No llevo nada debajo», le dijo al oído y siguió de largo hacia sus compañeros, dejándolo clavado en la puerta sin saber cómo iba a aguantar la noche.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Reservó un chalet con piscina y cincuenta rosas. Lo que no esperaba era lo que él había escrito en los cincuenta papeles que ella misma le entregó.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.