La guía de mi viaje a Bali me hizo perder el control
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
Pasé el medio siglo, llevo treinta años casada y nunca he sido fiel. Estas son las escapadas secretas que mantuvieron vivo mi matrimonio.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Llovía, así que subimos a mi casa y dejamos que la suerte eligiera a qué jugábamos. Ninguno imaginaba que ese juego terminaría con ella desnuda y suplicando entre mis cuerdas.
Conecté el sistema desde la oficina solo para vigilar la herramienta. Lo que apareció en la pantalla fue mi mujer quitándose el bikini delante de él.
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
Le pedí que se vistiera para provocar y, al cuarto día, volvió a casa con la voz temblando y una historia que no podía contarme con la ropa puesta.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Mi marido llevaba dos décadas esperando que cruzara esa línea. Nunca imaginé que lo haría una tarde cualquiera, contra la pared de mi propia oficina.
Cuando sentí su mirada clavada en mi espalda desde la ventana de enfrente, supe que esa tarde no iba a comprar pan: iba a darle algo mucho mejor.
Bajé del auto creyendo que iba a defenderlo y terminé viéndolo con una desconocida sentada en sus piernas. Lo que hice después no lo planeé: simplemente dejé de tener miedo.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Dejé caer el vestido en el balcón sabiendo que él miraba desde el otro lado del cristal. Y supe que mi marido lo había planeado todo.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.