Nadia, la desconocida que vuelve cada verano
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
Cuando subí al coche y vi a aquel hombre en el asiento de adelante, no imaginé que mi amante me había llevado allí para entregarme a otro.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Cuando sentí su cuerpo contra mi espalda en la cocina, supe que no iba a poder resistirme. Lo que no sabía era que mi marido lo había planeado todo.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Bajé el tenedor que se le había caído y, al agacharme bajo la mesa, descubrí algo que ninguno de los adultos sospechaba. Esa noche todo cambió.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.