El poeta anónimo que llenó mis noches
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Guardaba sus textos en una carpeta privada, los releía de noche con la luz apagada. Llevaba meses haciéndolo antes de atreverme a escribirle.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Me quité el zapato sin decir nada y empecé a subir lentamente por su pierna. Él intentaba mantener la compostura. Yo sonreía con inocencia frente a su mirada.
Cuando el director del banco me propuso una cena privada en su suite, yo solo pensaba en salvar el apartamento. No imaginaba lo que despertaría en mí esa noche.
Aquella noche entendí que enseñar a alguien a sentir su propio cuerpo puede ser el acto más íntimo de todos.
Llevaba meses aguantando sus miradas en la oficina. El día que leí sus mensajes privados, tomé una decisión que su esposa nunca debió provocar.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Abrí la carta en mi despacho, sola, y supe que algo iba a cambiar antes de terminar de leer. Lo que no esperaba era que el cambio viniera de mi marido.
Cuando pasé por el paradero, Don Rodrigo me vio desde el bus. Lo que empezó como unas cervezas de cumpleaños terminó de una forma que no esperaba.
Sobre la almohada encontré un sobre con una dirección, una hora y una frase que me hizo temblar. No sabía que él lo había organizado todo.
Diego me desafió con esa sonrisa suya, seguro de que no iba a cumplir. Pero soy mujer de palabra, aunque me cueste reconocerlo.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama. Sabía que él dormía a tres puertas de la mía y que esa noche, por primera vez, no iba a poder fingir.
Era famosa, perfecta y cincuentona. Yo era el delantero del momento. Esa noche subí a su suite y entendí lo que es jugar fuera de tu liga.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Esa tarde de primavera bebimos demasiado ron. No imaginaba que Carla, siempre sumisa, iba a levantarse para llevarme a un árbol cercano y susurrar lo que iba a hacerme.