Lo que pasó la segunda noche en casa del patrón
Vine a Buenos Aires a juntar unos pesos para mi familia. Nunca imaginé que la casa más linda del barrio iba a cambiarme la vida de la forma en que lo hizo.
Vine a Buenos Aires a juntar unos pesos para mi familia. Nunca imaginé que la casa más linda del barrio iba a cambiarme la vida de la forma en que lo hizo.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.
Cuando metió la mano bajo mi mesa, supe que esa mañana no iba a resolver ni una sola incidencia. Solo podía pensar en ella y en lo que acababa de dejarme.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Ella tenía edad para ser mi madre y era la esposa de un hombre que ni la miraba. Yo solo quería volver a esa cocina cada tarde.
Tenía diecinueve años y una calentura imposible de esconder. Él lo notó apenas me abrió la puerta de su departamento, y ya no hubo forma de disimular lo que los dos queríamos.
Llevábamos tres años respetando una sola regla entre socios. Esa noche fría, con su vestido verde y el despacho a oscuras, supimos que íbamos a romperla.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Acepté subir a un cuarto con doce colchonetas en el suelo, sin imaginar que esa mañana no me marcharía con un solo hombre marcado en la piel.
Dejé las cortinas abiertas a propósito y fingí no verlo. Él, parado en su azotea, no perdía un solo detalle de mi cuerpo desnudo.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
Cada semana mirábamos las fotos de la entrada sin atrevernos a entrar. La noche que cruzamos la puerta descubrí hasta dónde era capaz de llegar con él mirándome.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
Cuando abrí la puerta esperaba una bolsa de papel y un «buenos días». No esperaba que se quedara mirando hacia adentro y me preguntara, en voz baja, si vivía solo.