El trío que Lucía propuso antes de nuestra boda
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.
Bruno me presentó a sus amigos con una sonrisa cómplice y, antes de que entendiera nada, supe que esa noche no iba a salir de la cabaña siendo la misma.
Cuando abrí la puerta envuelta en la toalla, ella entró sin dejarme hablar. No era el chico que esperaba mi amiga ni el plan que mi cabeza había imaginado.
Les puse una sola norma: yo decidía qué se hacía y hasta dónde se llegaba. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que pensaba llevar aquella noche.
Soy la hotwife de Tomás y él adora verme brillar. Entre murallas coloniales y salsa, un socio extranjero entró en nuestro juego, y yo me dejé llevar.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Tres copas de vino, el agua tibia y una pelirroja de diecinueve años que aún no sabía que esa noche dejaría de ser solo la cocinera de la casa.
Pensé que solo había bajado a abrirle la puerta, pero esa noche entró conmigo a mi habitación y me dijo al oído que iba a hacer que perdiera el sentido.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
Cuando abrí la caja y encontré el encaje negro y la máscara con la pluma, pensé que era un capricho de Andrés. Faltarían meses para que entendiera quién la había elegido en realidad.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Oía sus gemidos a través de la pared y me quedaba quieta, imaginando. No sabía que esa curiosidad terminaría conmigo entre los dos.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Cuando bajé del avión a las dos de la mañana, no imaginaba que dormiría bajo el mismo techo que ella. Solo sabía que mi hermano había muerto y que yo estaba demasiado solo.
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.