Sus dos amigas me esperaban para compartirme
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Crecimos juntos, estudiamos juntos y nos guardamos el mismo secreto durante años. La noche del entierro de sus padres, por fin lo dijimos todo en voz alta.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.
Trabajo sola en el turno de noche y nunca pasa nada. Hasta que un deportivo rojo se detuvo en el surtidor y de él bajaron las piernas más largas que había visto jamás.
Cinco minutos atrapada entre la pared y un hombre de trono que olía a romero y madera. No sabía su nombre, pero supe que esa noche volvería a buscarlo.
Llevaba años convenciéndose de que el deseo era cosa del pasado, hasta que aceptó una invitación que no debía aceptar y unas manos desconocidas le recordaron quién era.
Llevaba toda la mañana imaginando que me encontraran. No esperaba que fuera justo la profesora de la que llevaba meses pensando cosas que no debía pensar.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Cada noche me quedaba hasta el cierre solo por verlo moverse tras la barra. No imaginaba que dentro de aquel chico tímido vivía la mujer que cambiaría mi vida.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Llevaba todo el día imaginando el momento exacto en que la llave girara en la cerradura. No pensaba decirle nada: solo dejar que me encontrara así, esperándolo.
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
El taxi se alejó entre el polvo y, en el porche, los abuelos esperaban con los brazos abiertos. Nadie imaginó que aquel abrazo de bienvenida lo cambiaría todo.
El fuego ardía bajo en la cabaña cuando llegó la joven huérfana, sin nada más que el vestido raído. Marisol, viuda y sola con su hijo, no sabía cuánto le costaría mirarla.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.