La tarde que me arreglé para un desconocido
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Nunca pensé que una charla de madrugada con mi abuela, las dos copas a medias y la tele de fondo, terminaría destapando lo que cada sábado ocurría en la otra casa del pueblo.
Se subió el vestido en el primer semáforo y entendí que aquella vuelta en coche no era para ir de compras. Mi madre tenía otros planes para los dos.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Tenía dieciocho años y nunca había estado con una mujer. Lo último que esperaba era que mi primera vez llegara con la empleada que entró a limpiar mi habitación.
La salsa sonaba más alta de lo normal. Me pegué a la pared, busqué el hueco entre las cortinas y lo que vi del otro lado borró para siempre la idea que tenía de mi familia.
Llevaba casi un año sola en aquel pueblo perdido. Hasta que dos amigas más jóvenes la invitaron a vino, pizza y confesiones que lo cambiaron todo.
Abrí los ojos en mitad de la oscuridad del salón y ella estaba en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, mirando exactamente lo que yo no podía esconder.
Llevaba cuarenta años soñando con una mañana libre y vacía. Lo que no entraba en mis planes era empezar ese lunes viendo al vecino en pelotas y notar que se me cortaba la respiración.
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
Cuando me abrió la puerta con esa bata corta y el camisón translúcido debajo, supe que la tarde no iba a tratarse solo de instalar un televisor.
Nos quedamos solas en la oficina a las siete. A las diez Camila estaba apoyada contra una estantería del archivo y yo ya no podía pensar en el cliente.
Su mano subió por mi muslo mientras yo conducía. —Dicen que en esas áreas la gente no para a estirar las piernas —susurró. Y supe que esta vez iba en serio.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Llegamos al motel como siempre, pero esta vez ella tenía algo distinto en la mirada y una promesa guardada que ni yo me imaginaba que estaba dispuesta a cumplir esa tarde.
Aquella tarde solo quería corregir unos bocetos en una terraza. Acabé compartiendo cervezas con ellos y, semanas después, mucho más que la conversación.
Tres gin-tonics, dos compañeros que apenas conocía y un sofá. Lo que empezó como una charla de oficina se convirtió en la noche más inesperada de mi vida.