El último día en casa de mis caseros
Me levanté al amanecer por el ruido de su cuarto. La puerta estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavado en el pasillo, desnudo y sin poder moverme.
Me levanté al amanecer por el ruido de su cuarto. La puerta estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavado en el pasillo, desnudo y sin poder moverme.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
El otro lado de la cama estaba intacto y, sobre el frutero, un sobre con mi nombre y la letra cuadrada de mi marido.
Nunca pensé que la amiga de mi marido me enseñaría algo sobre mí misma en el probador de una tienda. Y mucho menos que esa misma tarde lo invitaríamos a él.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
Llevaba veinte horas de viaje y un solo pensamiento: volver a sus brazos. No imaginé que ese reencuentro me obligaría a cruzar una línea que juré nunca cruzar.
Llevaba ocho meses limpiando esa casa enorme. Nunca imaginé lo que ese matrimonio escondía detrás de la fila de zapatos, ni hasta dónde llegaría yo por la matrícula.
Llevaba el vestido amarillo más ceñido de su armario y la cabeza llena de argumentos contra esa mujer. Una hora después, ya no sabía si la odiaba o la deseaba.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Mi mujer siempre fantaseaba con que otro la tuviera delante de mí. Aquella tarde, en una parada solitaria de la autovía, un extraño pidió fuego y todo dejó de ser un juego.
Subí las escaleras todavía con el olor del hospital en la piel. La puerta entreabierta, la luz cálida, su camisón de seda. No hicieron falta palabras: ya sabía cómo terminaría la noche.
La había visto pasar de niño tímido a mujer despampanante. Aquella tarde de calor, con la pizza enfriándose en la mesa, fue ella quien se inclinó a besarme primero.
Carla me confesó su fantasía más oscura en un susurro, y semanas después la vi de rodillas frente al hombre que los dos habíamos elegido sin decirlo en voz alta.
Cuando el cerrojo de la tienda giró, supe que ya no había vuelta atrás: estábamos los tres solos y mi marido me miraba con esa sonrisa cómplice.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Cuando le pedí depilación completa, ella arqueó una ceja y su sonrisa dejó de ser profesional. La cera y sus dedos pronto se confundieron.
Eran las once y media de la noche cuando Daniela asomó al pasillo y me pidió ayuda con el fuego. Yo llevaba toda la tarde pensando en lo que escondían sus maletas.
Estaba casado y solo en la verbena cuando aparecieron mis dos ex la misma noche. Primero se odiaron. Después decidieron compartirme hasta el amanecer.
Subí a su piso convencido de que me esperaba la mujer más imponente que había visto. No imaginaba que la noche apenas empezaba ni quién más dormía al final del pasillo.