La mañana después de la noche que me cambió entera
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Me ardía el cuerpo entero y el maquillaje corrido del espejo no me dejaba mentir. Anoche fui otra. Y una parte de mí, la nueva, quería volver a serlo.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
La mesa estaba puesta como un banquete real, pero solo había una silla. Y cuando ella entró envuelta en seda blanca, Mateo entendió quién era el verdadero plato del día.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
Me pusieron la cinta azul al cuello, la única distinta del resto, y bajé esas escaleras sabiendo que aquellos seis hombres iban a descubrir lo que escondía.
Mi madre se levantó de la silla, me besó en la boca y, sin decir nada, metió la mano bajo mi pijama. Solo entonces entendí lo que mis padres habían acordado durante la noche.
Crucé la calle pensando solo en dormir una siesta. No sabía que del otro lado de la puerta mi primo me estaba esperando despierto con la luz baja.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.
Ocho años en el extranjero me transformaron en la mujer que siempre fui. Pero al cruzar la puerta de casa, lo primero que encontré fue la mirada hambrienta de Mauricio.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
«Sabía que algún día tendría esta conversación contigo», dijo mi madre cerrando la puerta. Lo que me contó esa tarde cambió para siempre lo que yo creía de nosotros.
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.