Le metí mano a mi vecina dentro del ascensor
El ascensor era viejo y estrecho, y ella iba justo delante de mí. Solo tuve que deslizar la mano por detrás y rezar para que su marido no apartara la vista del móvil.
El ascensor era viejo y estrecho, y ella iba justo delante de mí. Solo tuve que deslizar la mano por detrás y rezar para que su marido no apartara la vista del móvil.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.
Llevaba meses cruzándomela en el portal y esquivando su mirada. Esa tarde, encerrados en el ascensor con su marido borracho al lado, dejé de esquivarla.
Estaba en su sofá, con la falda subida y el coño mojado, y solo tenía que decir una frase para que yo no me marchara y la dejara así, esperando a su marido.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Llevaba cuarenta años soñando con una mañana libre y vacía. Lo que no entraba en mis planes era empezar ese lunes viendo al vecino en pelotas y notar que se me cortaba la respiración.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
La había visto pasar de niño tímido a mujer despampanante. Aquella tarde de calor, con la pizza enfriándose en la mesa, fue ella quien se inclinó a besarme primero.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
La primera noche que él durmió en casa, los gemidos de mi mamá atravesaron la pared. Con diecinueve años entendí que nada volvería a ser igual.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
«Bajá a las nueve. Bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos.» Apagué el teléfono con las manos temblando y empecé a contar las horas.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.