La noche que vi a mi marido con mi mejor amiga
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Mi sobrina se metió en mi cama con una propuesta indecente, y no imaginé que mi hijo estaría espiándonos desde la puerta del pasillo.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Cuando abrí la carpeta de archivos recientes, aparecieron en miniatura. Quise cerrarla rápido, pero ella ya estaba mirando la pantalla conmigo, en silencio.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
En la oscuridad de mi cuarto nadie me veía. O eso creía, hasta que él se acercó a su ventana y se quedó mirando hacia mí más tiempo del que debía.
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
Cuando la vi subir las escaleras delante de mí con el vestido casi transparente, supe que aquel verano sería una tortura. No imaginaba el regalo que su hija me preparaba.
Cerré los ojos y simulé un sueño profundo. Lo que no imaginé fue que ella supiera exactamente lo que estaba haciendo a oscuras, a dos pasos de su cama.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
Frente al espejo del camerino, Daniela eligió el vestido rojo que no admitía ropa interior. No sabía que esa decisión la convertiría en la obsesión de todo el canal.
Solo llevaba un vestido corto y nada debajo. Quería sentir el aire libre entre las piernas y, sobre todo, quería que me miraran sin que nadie lo supiera.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Sabía que me observaba demasiado tiempo, que intentaba disimular. Y, como siempre, decidí que no iba a dejarlo pasar.
Llevábamos años jugando, pero esa noche, desnudos y sin aliento, ella quiso saber el origen de todo: la tarde en que mi profesora particular me enseñó a desear que la miraran.