El baño en ropa interior que mi novia no quiso tapar
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Salió del agua despacio, sabiendo que la tela transparente ya no escondía nada, y se escurrió el pelo de frente a nosotros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando el Audi gris perla se detuvo frente a la caseta y vi aquellas piernas entreabiertas en el asiento del copiloto, supe que mi turno iba a torcerse para siempre.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.
Apagué la luz del lavadero y miré hacia el ventanal del C. Eran las tres y cuarto de la madrugada. La chica del frente había vuelto. Y no había vuelto sola.
El asiento de al lado lo ocupaba ella, con esas piernas cruzadas en la penumbra. Dijo que mejor hablarlo conmigo que con desconocidos. No sabía dónde nos llevaría.
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.
Apenas nos hablábamos desde hacía semanas. La seguí hasta casa una mañana, me escondí en la escalera y por fin entendí por qué mi madre la animaba a todo.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Subí al coche todavía caliente del baño y, cuando vi sus ojos en el retrovisor, supe que no iba a llegar al café sin que él me viera de cerca.
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Cuando los vi ajustarse el pantalón al verla estirarse en la cocina, supe que ese verano iba a ser distinto. Y yo mismo me encargaría de empujarlo.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
Hay un segundo, justo antes de que todo el cuerpo le tiemble, en que el mundo se detiene para mí. Vivo persiguiendo ese instante desde una ventana ajena.
Me desperté duro, decidí no hacerme la paja típica y me fui al cruising. Lo que no imaginaba era acabar arrodillado con tres pollas alrededor de la cara.