La demostración del consultorio me dejó expuesta
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.
Cuando bajamos del coche, mi mujer apenas podía cerrarse el vestido y Mateo todavía olía sus bragas. Lo demás lo vi desde el marco de la puerta.
Cuando entró desnuda en su habitación, con solo la blusa puesta y aquellas caderas blancas balanceándose, comprendí que ya no podría dormir en esa casa sin pensar en ella.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
La puerta estaba entornada y por la rendija vi lo que él le hacía a ella sobre el petate. Yo era la maestra del pueblo. Yo no debía mirar. Tampoco debía tocarme.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.
Lo vi reflejado en la ventana de enfrente, con los binoculares en una mano y el pantalón abierto en la otra. Entonces supe cómo iba a empezar mi mañana.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Cuando me asomé a la ventana para descansar un momento, los vi en la piscina. Desnudos, besándose, completamente ajenos al mundo. Entendí que ese año iba a ser muy distinto.
Veinte años de uniforme almidonado y nunca había temblado en un pasillo. Esa noche, con la cubeta de hielo en las manos, supe que iba a romperme.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.