La noche que mi profesora se entregó del todo
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Cuando me dijo «quítate la blusa en el estacionamiento», pensé que era una broma. Diez minutos después, su esposa nos miraba desde su cama por videollamada.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
En el vestuario se desnudó sin pudor. Cuando vi lo que escondía entre las piernas, supe que aquella mañana iba a cambiar algo dentro de mí para siempre.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Bajé al balcón a tomar aire y oí su risa ronca del otro lado del tabique. Entonces empezaron los primeros gemidos, y supe que no eran fingidos.
La luz seguía encendida en la última aula del campus. Cuando me acerqué, los gemidos no me dejaron dudas: alguien estaba cogiendo a tres metros de mí.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
Pensé que era un peón más, pero cuando se quitó la camiseta bajo el sol de marzo entendí que ese cuerpo sudado iba a quedarse conmigo mucho después de terminada la obra.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
Cuando seguí el sonido de su música hasta el viejo clóset de mi oficina, no esperaba encontrar rendijas que apuntaban justo al vestuario donde ella se desnudaba.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.