Me desnudé en la ventana para que ellos miraran
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
Nunca me había tocado. Esa tarde, detrás de una puerta mal cerrada, entendí por qué mi cuerpo llevaba años pidiéndome algo que yo no me atrevía a darle.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Pensaban que dormía. Desde el pasillo escuché cada palabra, cada risa baja, cada cosa que decían sobre mí. Y en lugar de indignarme, me quedé quieta, escuchando.
La pared era delgada, mi cama crujía contra ella y, una mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Alguien había estado escuchando todo.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Esa tarde no necesité ningún video. Bastó cerrar los ojos para viajar a un balcón donde alguien me miraba gozar y a mí dejó de importarme todo lo demás.
«Pon la música que te dije y empieza a desnudarte despacio. No tengas prisa: esta noche mando yo, aunque estemos a cientos de kilómetros.»
Son las dos de la mañana, no puedo dormir y estoy solo. El calor aprieta, la cama me quema y mi mente empieza a vagar por nombres y cuerpos que creía olvidados.
Esa noche no pensé en nadie. Apagué la luz, me miré desnuda en la penumbra y entendí que el cuerpo que tanto había entregado a otros también podía ser solo mío.
Iba a esperarlo de rodillas con el conjunto nuevo puesto. Lo que no imaginé fue lo lejos que llegaría yo sola, frente al espejo, antes de que él llegara.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.