La fantasía que reservé a solas en el sauna
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
Cuando la puerta del estudio chirrió a mis espaldas supe que no estábamos solos, y que la mujer escondida en la sombra no pensaba marcharse.
Puse su dedo donde ningún padre debería tocar y lo sentí temblar. Dijo que no, que era mi padre. Pero esa noche descubrí en qué se convierte un hombre cuando se niega lo que más desea.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
El crujido del colchón en el cuarto de sus padres no era el del sexo: era el del robo. Sabina avanzó descalza por el pasillo hasta pegar el ojo a la rendija de la puerta.
Pensé que sería una bronca de quince minutos. No conté con la bolsa que trajo Bárbara, ni con la mujer en la que se convertiría aquella madre furiosa.
Cerré los ojos para imaginarlo mirándome. Cuando unas manos me sujetaron la cintura por detrás, pensé que sabía de quién eran. Me equivocaba por completo.
Llevaba un bikini negro diminuto, dos triángulos atados con cordones, y me miró por encima del hombro como si ya supiera lo que iba a pasar entre nosotros.
La acorralé contra la puerta de roble sin imaginar que, tras la rendija del salón, unos ojos verdes ya no podían apartar la mirada de nosotros.
Pensé que tenía la casa entera para mí esa madrugada. Entonces sonó la cerradura, él me miró desde el umbral y yo seguía desnuda sobre el sofá.
Caminé descalza por el pasillo creyendo que encontraría una película. Lo que vi detrás de esa puerta entreabierta lo cambió todo entre nosotros tres.
Cuando Greta abrió la puerta del baño y nos encontró así, supe que el encierro recién empezaba a sacar a la luz todo lo que callábamos.
Construí la piscina para la familia, no para esto: para que la novia de mi hijo me espiara desde la ventana mientras yo fingía no notar cómo le temblaban las manos.