Lo que pasó en el balcón de la cabaña esa noche
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Me tomó del brazo en plena calle y susurró que, si la soltaba, quizá desaparecería. No imaginé hasta dónde llegaría esa noche ni el precio que pagaría por seguirla.
Diego se tocaba pensando en Nadia cuando su deseo abrió una puerta cerrada hacía mil ochocientos años. Lo que cruzó tenía hambre, y la ciudad sería su banquete.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Cerré con llave la puerta de mi oficina, abrí el video del día y vi a mi mujer mordiéndose los labios mientras él la abrazaba por detrás en la cocina.
Abrí los ojos y no reconocí la habitación: solo el peso de unas manos sobre mi piel y la certeza de que esa mañana pertenecía a otros.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
La cama de enfrente crujía cada madrugada al ritmo de un desconocido, y ella fingía dormir mientras calculaba cuánto estaba dispuesta a perder.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Tenía hambre, frío y ninguna razón para confiar en él. Pero cuando él la miró a los ojos y le ofreció un techo, supo que decir que sí lo cambiaría todo.
Yo era el tipo serio del traje y el todoterreno. Bastaba que una mujer me retara con la mirada para que el animal despertara, y aquella feria de pueblo lo soltó del todo.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.