El hermano de mi amiga me vio cambiarme
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Me descubrió mirando esos vídeos a sus espaldas. En lugar de enfadarse, sonrió y preguntó: «¿De verdad quieres que otro me folle delante de ti?».
Pensé que confesarle mi fantasía la espantaría. En cambio, volvió de visitar a su hermana decidida a cumplirla, y a convertirme en el espectador de mi propia humillación.
Cuando escuché el motor del auto alejarse supe que no estábamos solos: mi marido seguía en casa, oculto, dispuesto a mirar todo lo que pasara entre nosotros.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.
Bajó al salón con una sonrisa que ya no era la de siempre y la mano escondida en la espalda. «Adivina qué traigo», me dijo. Esa noche entendí en quién se estaba convirtiendo.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
No sé quién eres ni dónde estás, pero mientras escribo esto te imagino leyéndome, y esa idea es justo lo que me está mojando el tanga.
Cerré la puerta, dejé caer la mochila y la ropa, y me imaginé unos ojos siguiéndome por toda la sala. Esa idea fue suficiente para encenderme entera.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Entraba a la ducha con una idea fija en la cabeza, cerraba la cortina azul y, detrás de ella, imaginaba un público que la esperaba.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Eran las once y veintidós cuando el primer gemido atravesó la pared. No venía de mi cama, pero terminó dentro de ella.
Aquella mancha tibia en mi vestido lo cambió todo: por primera vez entendí lo que era desear y ser deseada, y ya no quise volver atrás.
La primera noche solo quise mirar. La tercera ya no podía detener mi mano. Cuando ella giró la cabeza en la penumbra y me sonrió, supe que estaba perdida.
Nunca me había desnudado delante de nadie, y mucho menos delante de él. Pero esa tarde, con la piel al sol y su mirada encima, descubrí que lo prohibido quema distinto.