La Nochebuena que mi hermana no me perdonó
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
Nunca había aceptado un encargo así: él solo quería sentarse a mirar mientras otros me usaban, y guardar para el final lo que ellos dejaban dentro de mí.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Llevábamos meses repitiéndolo en la cama como un juego de palabras. Esa noche, cuando volví del baño, ya no era un juego: estaban besándose en mi propio sofá.
Ella lo dijo entre risas, casi como un juego: que ese amigo nuestro le gustaba. Nunca pensé que terminaríamos los tres en la misma habitación.
«Sáquelo de la caja, desnúdese y siga las instrucciones al pie de la letra.» Eso decía la nota. Yo era ingeniera, no conejillo de indias. Esa noche dejé de serlo.
No sabía cómo vestirme para mi primera vez en un sitio así. Lo que no imaginaba era que la noche terminaría conmigo de rodillas, en la oscuridad, deseando más.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Sabía que en aquella cala nadie llevaba ropa. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría ella mientras yo, tumbado al sol, fingía no enterarme de nada.
Andrés cruzó la puerta creyendo que venía a hablar de negocios. Lucía sabía que la conversación derivaría hacia un terreno mucho más peligroso.
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Diego abrió la ventana y les chifló. Ellas voltearon, se rieron, y ninguno de los cuatro imaginó cómo terminaría esa tarde de exámenes.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Llevábamos veinticinco años casados y una rutina cómoda, hasta que un camarero del resort la miró como yo había dejado de mirarla. Y entonces ella me hizo una propuesta.