Mi amante de Málaga resultó ser el ex de mi hija
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Llevaba meses notando cómo me miraba el escote en cada reunión. Cuando le pedí ayuda con la computadora, supe que esa tarde no se iría intacto.
Llevábamos toda la vida haciendo lo correcto. Nunca habíamos roto un plato. Y de repente eran las tres de la madrugada y los tres desconocidos seguían en la casa.
La cuarta ronda de daiquiris bajó las defensas, pero nadie esperaba que la confesión de Daniela terminara con todas nosotras enredadas en la alfombra del living.
Llevaba doce años fingiendo que aquella tarde en su piso no había significado nada. La barra libre de mi propia boda demostró lo contrario.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
La toalla cayó al suelo cuando ella abrió la puerta. Yo seguía húmeda de la ducha, y la mirada que me lanzó no tenía nada de inocente.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Cuando subió al balcón a buscarme, fue su voz contra mi oído lo que me prendió. No estaba en mis planes terminar la noche con el hermano menor de mi mejor amiga.
Cuando vi cómo Daniela miraba a mi novia esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé es que yo terminaría suplicando que pasara.
Bebí mi café fingiendo concentrarme en el celular, pero los miraba a los dos. Si supieran que conocía cada centímetro de sus cuerpos por separado, ya nos habríamos ido los tres juntos.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Cuando Carla se quitó la camisa y se sentó sobre mi marido, supe que el juego había cruzado una línea de la que ninguno de los cuatro queríamos volver.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Marina creía que solo tenía envidia del novio de su amiga. Esa noche, cuando él dormía exhausto, ella cruzó el pasillo en silencio y golpeó la puerta de Daniela con un nudo en el estómago.
A los treinta y dos años no sabía lo que era un orgasmo. Mi amiga Renata se rio, me sirvió otra copa y me prometió que el jueves siguiente lo iba a cambiar todo.
Cuando la voz del comandante las paralizó, Vera supo que nada volvería a ser igual en ese barco. Lo que no sabía era que él llevaba semanas esperando ese momento.
No me frenó saber que Nadia estaba ahí con los ojos fijos en nosotros. Al contrario: su mirada encima de mí hizo que todo fuera más intenso.
Cuando subí a su departamento impecable, no sabía que estábamos a una mano de cartas de algo que ninguna de las dos había hecho jamás.