Mi mejor amiga llevaba años engañándome con mi novio
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Contrataron al stripper como una broma. Pero cuando el prometido tocó la puerta a las tres de la mañana, la despedida se transformó en algo que ninguna olvidaría.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Bastó una frase en aquella terraza para que dejara de ser su amigo y pasara a ser su juguete. Lo que vino después no lo había imaginado ni en mis peores noches.
Damián nos vio entrar maquilladas y obedientes, levantó su copa y sonrió. Esa tarde íbamos a descubrir hasta dónde estábamos dispuestas a llegar las tres por complacerlo.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.
Siempre fui yo la que dejaba que él mirara. Aquella tarde le di la vuelta al juego: lo senté en el sillón y dejé que mi mejor amiga le hiciera lo que él imaginaba.
Vivíamos a mil kilómetros y no nos habíamos visto nunca en persona, pero aquella tarde de domingo descubrí que la distancia no apaga nada cuando el deseo decide encenderse.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.
Cuando la vi subir las escaleras delante de mí con el vestido casi transparente, supe que aquel verano sería una tortura. No imaginaba el regalo que su hija me preparaba.
Tenía claro que no le haría nada a ese chico de mirada rota. Pero entonces encontró los vídeos que guardaba en mi disco duro, y todo lo que pasó después lo decidió él.
Llevábamos meses compartiendo cafés y confidencias. Esa tarde, con la taza todavía caliente entre las manos, ella me preguntó algo que ninguna amiga se atreve a preguntar.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.