El cumpleaños de Mariana terminó conmigo en su cama
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Éramos el tipo de personas que nunca rompían las reglas. Hasta que cumplimos cuarenta y decidimos que una noche podíamos permitírnoslo todo.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Llevábamos semanas mirándonos en el pasillo. Ella casada, yo sabiendo que no debía. Pero la noche que quedamos solas cerrando, todo lo que habíamos callado dejó de caber.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Cuando acabé de contarle lo de Malik, Vero se mordió el labio y me dijo que le daba envidia. Para esa madrugada ya tenía un plan.
La apuesta fue simple: el disfraz más atrevido gana. Lo que Sonia no esperaba era que Vera saliera de su cuarto con nada más que un arco y una sonrisa.
Esa noche en la finca descubrí que nadie era quien aparentaba ser. Y que yo tampoco era la excepción.
Lucía subió con cuatro mujeres y cerró la puerta. Yo me quedé en la barra con sus hombres. Nadie imaginó lo que iba a pasar en esa cabina.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.
Estaba solo en el sofá cuando se abrió la puerta. Era Marina, la amiga de mi hermana, y lo que vio le hizo sonreír. Lo que pasó después no me lo esperaba.
Cuando los vi acercarse en la barra del bar, supe que la noche no iba a terminar como ellos imaginaban. Yo los había tocado a los dos antes que ellos se rozaran.