El favor que mis vecinos le hicieron a mi amiga
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Carolina estaba al borde del colapso por la frustración acumulada. Yo conocía a cinco hombres capaces de arreglarlo, y esa noche decidí presentárselos a todos a la vez.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Ellas se sentaron a conversar mientras yo, desnuda frente a las dos, esperaba la orden de probarme el primer vestido. Esa mañana dejé de decidir por mí misma.
Cuando abrió la carpeta oculta de su teléfono y giró la pantalla hacia mí, entendí que la tímida de siempre se había atrevido por fin a contarlo todo.
Quería saber qué decían los chicos de ella a sus espaldas. No imaginaba que terminaría soñando que era yo la que estaba de rodillas frente a mi propio novio.
Sabía que a mi amiga la usaban los chicos, pero nunca imaginé hasta dónde llegaba. Lo descubrí una noche, haciendo scroll en su teléfono sin permiso.
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Teníamos la casa para nosotras y una banana sobre la mesa cuando Malena decidió que había llegado la hora de enseñarme todo lo que ella sabía.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Le bastaba una sonrisa para que el más creído bajara la guardia; entonces Nadia atacaba justo donde más dolía y disfrutaba cada segundo de su caída.
Camila me había prometido una noche distinta. Cuando vi a la bailarina contornear las caderas sobre el tubo, supe que mi amiga llevaba meses esperando este momento.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y ella seguía ahí, impecable, con esa sonrisa que no tenía nada de maternal.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Siempre presumió de que solo le gustaban los hombres. Esa tarde, frente a Lorena y dos consoladores sobre la mesa, entendió que llevaba años mintiéndose.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.