Convencí a mi mejor amiga de quedarse a dormir
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.
Compartimos cama porque hacía frío y su marido estaba borracho. A las once y media apagamos la luz. A las doce yo ya tenía la mano sobre su muslo.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.
Cuando me besó frente al auto, supe que no era el alcohol. Era todo lo que había callado durante diez años saliéndole por fin de la boca.
Renata me empujó al salón con un vestido que no era mío y una mirada cómplice. Y ella, la mujer que me intimidaba desde hacía meses, ya me estaba esperando abajo.
Cuando se dio vuelta en el vestuario con esas tetas operadas apuntándome a la cara, supe que la salida con las chicas iba a terminar de un solo modo.
Camila me esperaba sentada al borde de la cama, y yo no sabía dónde poner las manos. Solo sabía que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había enseñado.
Habían pasado años desde la última vez que la vi. Cuando se sentó frente a mí en aquella barra y posó su mano sobre mi muslo, supe que esa noche no acabaría como mi prima imaginaba.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Cuando Camila tocó lo que creyó que era el control del aire, una descarga me recorrió entera y supe que mi secreto ya no era solo mío.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Entré a la cabina pensando que era una tarde más de rutina. Salí siendo otra mujer, con el sabor de un beso que no debía haber ocurrido.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.