La sesión bdsm después de una noche salvaje
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Ella manejaba en silencio mientras él me tocaba en el asiento trasero, y yo entendí que aquel favor ya no tenía vuelta atrás.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
El bulto de Idris se apretó contra mí un instante y no me aparté. Cuando cerraron la puerta, seguía empapada. Bajé por agua a la cocina y vi el frutero.
Volvimos sudados, medio borrachos y demasiado excitados; cuando las puertas quedaron abiertas, nadie durmió como había planeado.
Nos hicimos pasar por pareja para evitar idiotas, pero entre alcohol, celos y roce, terminamos cruzando una línea que ya no pude fingir.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Le pasé el pincel por el pómulo y ella cerró los ojos. Cuando los abrió, mi mano seguía en su mejilla porque yo tampoco quería moverla.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
El olor entre mis piernas ya me tenía ardiendo, pero no imaginaba quién iba a usar ese fetiche para ponerme de rodillas.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
Me quedé pegada a la pared del pasillo, conteniendo la respiración. Al otro lado de la puerta, las dos voces que menos esperaba escuchar juntas se buscaban en la penumbra.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
Solo iba a llevarlas a casa después de la fiesta. No imaginé que su amiga, suelta por el alcohol, convertiría ese viaje nocturno en algo que aún no termino de contar.