Lo que mi amiga vio bajo mi falda de tenis
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Toda su vida la habían mirado como a un objeto. Aquella tarde, en la casa de piedra del final de la calle, decidió mirar ella primero.
Cuando el DJ dijo mi nombre y el club entero cantó, no imaginé que la mejor parte de mi cumpleaños empezaría mucho después, lejos de la pista.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
La conocí en el avión de regreso y, dos días después, ya dormía en mi cama jurando que no era lesbiana mientras su mano buscaba la mía bajo las sábanas.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
Pensaba que aquellas fotos eran solo mías, hasta que ella contó hasta cinco frente a los barcos y se levantó el vestido sin avisar.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.
Cuando empecé a provocar a Diego dentro de la carpa, Camila tenía los ojos cerrados. Pero su mano ya se movía bajo la bolsa de dormir, y supe que no estaba dormida en absoluto.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Cuando los cuatro chicos entraron al apartamento a las cinco de la mañana, supe que iba a vivir algo que nunca le he contado a nadie.
Las paredes del apartamento eran de papel, y la mejor amiga de mi novia dormía pared con pared. Esa primera mañana fingimos no recordar que estaba ahí.
Renata siempre se escondía detrás de Camila y Marisol. Esa noche, en la arena tibia y lejos de casa, decidió que ya no quería mirar desde la orilla.
Cuando Sara salió de la bodega de Don Aurelio le temblaban las piernas y no me miraba a los ojos. Yo sabía perfectamente lo que acababa de pasar ahí dentro.
Llegué pensando en Pilar, pero fue su amiga quien me deslizó el número por encima de la mesa y me dijo, sin rodeos, que la llamara en cuanto cruzara la puerta de mi casa.