El secreto de mi madre y su amiga de toda la vida
Eran veinte fotos y un video guardados en una carpeta con una sola letra. Lo abrí pensando en cualquier cosa, menos en lo que estaba a punto de ver.
Eran veinte fotos y un video guardados en una carpeta con una sola letra. Lo abrí pensando en cualquier cosa, menos en lo que estaba a punto de ver.
Le confesé a Bianca por qué su novio nunca la satisfaría del todo, y ella me reveló un secreto idéntico al mío. Esa misma semana invitamos a los dos a casa.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
En el gimnasio del club, después del último circuito, Daniela y Roxana descubrieron que el deporte no era lo único que se les daba bien hacer juntas.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Cuando Daniela me preguntó si había traído el juguete, supe que esa noche en mi casa vacía iba a terminar muy lejos de donde yo creía controlar.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
A los cuarenta y cinco, ocho años sin tocar a un hombre, Inés creía haberlo visto todo. Hasta que sus dos amigas más recatadas llegaron llorando con la verdad.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Lo senté en el sofá, frente a la cama enorme, y le susurré al oído: «Quédate ahí quieto, que esta vez la sorpresa es para ti». No tenía idea de lo que venía.
Solo iba a mirar. Eso me dije al entrar al estudio. Pero la cámara seguía disparando y, sin darme cuenta, ya estaba desnuda entre los dos.
Lo llamaban su escapada secreta: tres días sin maridos ni hijos. Pero esta vez Bea invitó a cuatro hombres a cenar, y ninguna imaginó cómo acabaría la noche.
Bajé la guardia con una pregunta tonta sobre el sexo en grupo, y Antonella sonrió como si llevara meses esperando que alguien la hiciera.
Llevaba seis años sin que nadie me tocara. Esa madrugada, en el asiento de un taxi, descubrí cuánto poder tenía sobre el deseo de un hombre... y sobre el mío.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.