Esa noche el novato necesitó a sus dos hombres
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Me pidió que cerrara los ojos frente al escaparate. Cuando los abrí, supe que Hugo quería verme convertido en algo que siempre deseé ser sin atreverme a decirlo.
Llevaba meses mandándole toques sin respuesta. Aquella mañana contestó con dos palabras que me pusieron de rodillas antes incluso de abrirle la puerta.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Perdió las llaves frente a la puerta del único vecino del que todos le habían advertido, y esa tarde de verano decidió averiguar por qué tanto misterio.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.
Diez minutos de pausa, un videojuego de fútbol y una apuesta absurda bastaron para que todo lo que Bruno creía saber de su amigo se viniera abajo en una tarde.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
Pensé que eran imaginaciones mías, hasta que encontré un número escrito en el envoltorio de la toallita que me había entregado al bajar del avión.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Las nueve y media de la mañana, una hoja de Excel a medio corregir y, de pronto, el cuerpo desnudo de su novio rozándole la nuca. Trabajar iba a ser imposible.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Cuando aquel hombre apoyó las manos en mi espalda, supe que ya no se trataba de la fiebre ni del cansancio del viaje, sino de algo que evitaba desde hacía años.
Soy una patricia acostumbrada a comprar todo lo que deseo. Esa tarde descubrí que hay hombres a los que no se les ordena: se les obedece.