La regla que mi sumisa nunca debía romper
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
«Soy tu señora y te ordeno que te quedes quieto», susurró. Yo había sobrevivido a tres misiones de combate, pero nada me había preparado para obedecerla a ella.
Solo quería sentarme en la penumbra y tocarme un rato. No contaba con que un completo desconocido, a tres butacas de distancia, me hiciera perder la cabeza.
Cuando él apretó el hombro del tipo que la había acosado, Mariela sintió algo que no debía: la certeza de que ese chico podía hacer con ella lo que quisiera.
Marcela me miraba por el retrovisor con una sonrisa que no era la de una madre tranquila. Yo no sabía que esa tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Entré a la habitación a ciegas, casi desnuda bajo el abrigo, sin saber quién me esperaba al otro lado de la música. Solo la voz de mi marido me guiaba.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
«Solo hay una forma de averiguarlo», dijo mientras se acercaba al potro. Yo había ido a que me sacara la zanahoria, no a correrme delante de un desconocido con bata.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Corrí bajo el aguacero hasta mi puerta creyendo que ya estaba a salvo. No me di cuenta de que él había entrado detrás de mí, hasta que sentí su mano en mi espalda.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Subí al escenario sin pensarlo, frente a una sala llena de desconocidos y de un hombre que ya no me miraba. Esa noche dejé de rogar y empecé a sentir.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Me senté entre un hombre mayor y un chico que estaba para comérselo. Entonces el tren frenó en seco, las luces se apagaron y una mano buscó la mía.
El testamento decía que la fortuna de mi familia se había construido entre las piernas de mi madre. Esa misma noche entendí que ahora me tocaba a mí.