La fantasía que me dejó temblando en aquella fiesta
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
Mi abuela tomó la decisión, como siempre. Yo solo seguí el instinto. Lo que ocurrió en esa cabaña durante la tormenta sigue siendo solo nuestro.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Pensé que seguía manejando el juego hasta que sus manos me sujetaron la cadera y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando subí al barco en Luxor pensé que iba a descansar. Tres noches después estaba desnuda en una terraza sobre el Nilo, sin saber qué cuerpo me tocaba.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Llegó a casa dos horas antes de lo previsto y la encontró en el cuarto con los ojos cerrados y la mano entre las piernas. Ese fue el momento en que todo cambió.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.
Llevábamos meses conversando por mensajes, pero hasta esa noche en el cumpleaños de la abuela nunca había sentido sus curvas pegadas a las mías.
Firmé sin pensar demasiado. Nueve horas después entendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Y alguna parte retorcida de mí lo deseaba.
Empujé la puerta esperando encontrarla dormida; la encontré con la tanga cerca de la boca y los ojos abiertos, esperándome sin pudor.
Bruno se llevaría a los padres a la ciudad y yo me quedaba sola. Lo que nadie esperaba era que la sobremesa del domingo terminara así.
Era solo un recado: llevarle la plata al mecánico. Pero cuando subí esa escalera de metal y entré a la oficina, supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Reservé el camarote para mí sola, pero el Danubio tiene una forma de disolver fronteras que ningún mapa puede predecir.