Mi ama lesbiana y el contrato virtual de seis meses
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.
Me miró de arriba abajo en el umbral, bajo la lluvia, y antes de dejarme pasar pronunció un nombre que nunca había sido mío. Esa noche aprendí a responder a él.
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Cuando Carla se levantó del sofá, vino hasta mí y me besó, supe que la sesión de pareja iba a acabar con su marido sentado en la butaca aprendiendo a esperar.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
Soy casada. Soy hetero. Eso era yo cuando entré al baño del centro comercial. Lo que era quince minutos después, ya no estoy tan segura.
Llevaba años conociendo a Esteban, pero esa tarde sofocante descubrí que su casa guardaba un secreto que iba a cambiar para siempre nuestra amistad.
Inventé que había olvidado un cuaderno para volver a su casa cuando sabía que Sofía no estaría. Lo que no esperaba era que su madre me abriera la puerta con esa sonrisa.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Lucía me miró por encima del fuego y supe que esa noche no íbamos a dormir solas. Faltaban dos botellas de vino y nadie hablaba ya de irse a la cama.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
La primera vez que pisó la lavandería traía las botas embarradas y una sonrisa que me desarmó. Y yo solo era una empleada del hotel sin nada que ofrecerle.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Cuando la secretaria se despidió y la puerta del consultorio se cerró, supe que esa revisión no iba a parecerse a ninguna que me hubiera hecho antes.
Tenía 20 años y nunca había sentido un orgasmo real. Esa noche de enero, con el calor pegajoso y media botella de rosé, mi prima francesa decidió que ya era hora.
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Pensé que era una broma cuando me lo dijo entre cucharada y cucharada. Pero al día siguiente ya estaba llamando a Lorena para proponerle un viaje distinto al habitual.
Cuando le dije que podía llamar a alguien para que lo acompañara, fue a comprar cigarrillos. Treinta minutos después, Sofía bajó la escalera en tacones.