Lo que dos mujeres hicieron frente a la cámara
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
Cuando entró en aquel club oculto tras una librería de teología, Marlene supo que la libertad de su marido se pagaría con cada prenda que dejara caer ante el juez.
Empecé contándole sueños inventados sobre otros hombres. Lo que él no sabía era que cada palabra que lo hacía gemir había ocurrido de verdad esa misma semana.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Sé que debería sentir vergüenza, pero a esa hora, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo de fingir que el roce es un accidente.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Subieron al segundo piso con una bandeja de pasteles. Ninguna imaginó que esa tarde aprenderían cuánto deseo llevaba durmiendo entre las tres.
Cuando me mudé a la capital pensé que solo iba a buscar trabajo. Mi compañero me enseñó algo distinto: que los hombres miran lo que no deberían, y que basta un gesto para confirmarlo.
En la primaria me quería más de lo que yo era capaz de devolverle. Veinte años después, su voz al teléfono sonaba igual, y a mí me temblaron las manos.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Le advertí que si no me gustaba, la bajaba en la siguiente esquina. Sonrió, recostó mi asiento y me pidió que cerrara los ojos un segundo.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Pensé que solo había bajado a abrirle la puerta, pero esa noche entró conmigo a mi habitación y me dijo al oído que iba a hacer que perdiera el sentido.
Llevaba todo el día imaginando el momento exacto en que la llave girara en la cerradura. No pensaba decirle nada: solo dejar que me encontrara así, esperándolo.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.