El juego de los retos se nos fue de las manos
Lucía dejó la botella de tequila en el centro de la alfombra y sonrió: el que no cumpliera el reto, bebía. Ninguno imaginaba hasta dónde estábamos dispuestos a llegar esa noche.
Lucía dejó la botella de tequila en el centro de la alfombra y sonrió: el que no cumpliera el reto, bebía. Ninguno imaginaba hasta dónde estábamos dispuestos a llegar esa noche.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Abrí los ojos en plena faena y la vi apoyada en el marco de la puerta, con una mano dentro del short. No estaba enfadada. Estaba mirándome a mí.
Llevábamos meses desayunando juntas después de dejar a los niños. Esa mañana la noté distinta, y lo que me escribió en el móvil lo cambió todo entre nosotras.
Desde los quince guardé en silencio las ganas de besarla. Ahora, sentada frente a mí con esa sonrisa de siempre, no pensaba dejar pasar la oportunidad otra vez.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Aquella noche aprendí que entregarla del todo significaba renunciar a mi propia virilidad mientras él la tomaba sobre mi cara.
Cuando bajé desnuda por un café a medianoche, no esperaba encontrarla en la cocina, en camisón, con una confesión que lo cambiaría todo entre nosotras.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Estaba desnuda haciendo yoga frente a la camper, ajena a todo. Cuando abrió los ojos y nos tendió la mano, supe que esa mañana no volveríamos iguales a casa.