Nuestra primera noche en el club de intercambio
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Cuando Lucía se quitó el bikini frente a mí en su habitación, entendí que aquel fin de semana en la playa ya no iba a tratarse solo de tomar el sol.
Crucé la cortina convencida de que buscaba a un hombre. La mano que me tomó en la penumbra era suave, perfumada y no me soltó hasta cambiarlo todo.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Me levanté después de hacer el amor y, casi sin pensarlo, probé en mis dedos lo que él había dejado dentro de mí. Esa noche entendí hasta dónde quería llegar.
Tardé semanas en convencerlo, pero la noche que Damián llegó con una botella de cava entendí que mi marido llevaba tiempo deseando lo mismo que yo.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Mi novio me apretó la mano cuando cruzamos esa puerta. Esa noche íbamos a aprender, juntos, lo que significaba dejar de tener miedo a desear.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Empezó con su mano dentro de mi pantalón mientras fingíamos mirar la pantalla. Ninguno de los cuatro dijo nada hasta que ya fue imposible parar.
Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, y solo se me ocurrió tocar su puerta. Lo que no esperaba era lo que iba a pasar al amanecer.