Lo que pasó la última noche con los vecinos de al lado
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
Éramos dos lesbianas de vacaciones buscando una última noche juntas; jamás pensé que un simple beso terminaría con todos enredados en el mismo sofá.
La foto llegó a mi correo sin remitente: la reina sonreía con la cara cubierta de leche y la corona intacta. Entonces entendí por qué siempre ganaba la misma clase de chica.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Apenas puse un pie en la escalera, unas manos me agarraron las caderas por detrás. Ese día, el placer empezaba antes incluso del café.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Solo iba a mirar. Eso me dije al entrar al estudio. Pero la cámara seguía disparando y, sin darme cuenta, ya estaba desnuda entre los dos.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
Bruno trajo cruasanes y la noticia de que la oveja negra de la familia pasaría el fin de semana con nosotros. No imaginé hasta dónde llegaría esa tarde.
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Cuando las cuatro se metieron al agua sin la parte de arriba del bikini, supe que esa tarde nadie iba a volver a casa siendo el mismo de antes.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
Iván y Lucía eran los nuevos del edificio, los más jóvenes, los que todavía aprendían. Esa noche les enseñamos que en nuestro grupo nadie se quedaba con las ganas.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.