Buscábamos una pareja para vernos, no para esto
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Me levanté después de hacer el amor y, casi sin pensarlo, probé en mis dedos lo que él había dejado dentro de mí. Esa noche entendí hasta dónde quería llegar.
Tardé semanas en convencerlo, pero la noche que Damián llegó con una botella de cava entendí que mi marido llevaba tiempo deseando lo mismo que yo.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Éramos dos novias que viajaban a desconectar y terminamos en la cama de dos desconocidos. Ninguna de las cuatro manos sabía ya de quién era cada cuerpo.
Mi novio me apretó la mano cuando cruzamos esa puerta. Esa noche íbamos a aprender, juntos, lo que significaba dejar de tener miedo a desear.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Empezó con su mano dentro de mi pantalón mientras fingíamos mirar la pantalla. Ninguno de los cuatro dijo nada hasta que ya fue imposible parar.
Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, y solo se me ocurrió tocar su puerta. Lo que no esperaba era lo que iba a pasar al amanecer.
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Era el rey de la piscina y lo sabía. Cuando me citó en el vestuario para reírse de mí, no imaginé que sería yo quien no podría dejar de mirarlo.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.