Una partida de verdad o reto que no debió pasar
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.
Acepté el juego: la puerta sin cerrar, las luces apagadas y un hombre al que nunca le vería la cara. Lo que no imaginé fue encontrármelo el lunes en la oficina.
Tenía veinte años, la casa para mí solo y un chat abierto. Nunca imaginé que aquel desconocido aparecería en mi puerta veinte minutos después, ni lo que dejaría grabado en mí para siempre.
Llevaba dos semanas sin descargar y la imaginación me jugó una mala pasada en pleno turno. Lo que no esperaba era que alguien se diera cuenta antes que yo.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, ya nadie fingía. Marina buscó mi mano y la guió bajo su falda mientras tú me besabas sin apartar los ojos de ellas.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Dijeron que la noche estaba empezando y que su piso quedaba a dos calles. Ninguno de los dos dijimos que no, y eso lo cambió todo entre nosotros.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
Llevábamos quince años juntos y creía saberlo todo de él. Entonces, una noche cualquiera, me susurró al oído algo que lo cambió todo.
Llegamos agotadas y nos dormimos abrazadas en ropa interior. Tres días después, el dueño del departamento entró con el desayuno y una mirada que lo cambió todo.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.