No sé si soy bisexual o un degenerado sumiso
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Llevábamos años con una regla clara, pero aquella mañana entendí que renovar el contrato significaba subirme a la mesa de la notaría delante de todos.
Mi hermano me contaba todo: sus amantes, sus fetiches, lo que hacía con Romina. Lo que nunca imaginó es que una madrugada yo terminaría en mi cama con ella, sin él.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Lo nuestro era el secreto que cargábamos a todas partes, pero esa noche, lejos de la ciudad, decidimos compartirlo con alguien más.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.
Cuando ella entró al bar, mi novio levantó la copa y sonrió como si supiera todo. Y, en realidad, lo sabía hacía meses. Esa noche dejó de ser un secreto.
Cuando Lucía empezó a quedarse a dormir en casa, yo aún no sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Esa noche, frente a todos, se quitó el vestido sin que nadie se lo pidiera.
Cada vez que mi amigo cruzaba la puerta, ella se cambiaba de ropa. Una tarde inventé una excusa, di la vuelta a la manzana y entré por el patio en silencio.
Mido 1,62 y él 1,88. Cuando abrió la puerta en shorts y vi lo que tenía entre las piernas, pensé en darme la vuelta. No lo hice.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Estaba solo, el calor era insoportable y el agua corría tibia sobre mi piel. Entonces se me ocurrió algo que llevaba meses imaginando y que jamás había tenido el valor de hacer.
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
De día parecía la más inocente de todas. De madrugada, con la puerta cerrada, descubría una versión de mí que nadie habría imaginado jamás.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
A las cuatro de la mañana, solo en el obrador, descubrió que el divorcio no le había despertado las ganas habituales: le había despertado otras, con nombre de vecino.