Lo que pasó en los baños de la facultad
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Me vestí de estreno, me subí al coche con las otras dos chicas y crucé media provincia sin saber que esa noche aprendería a soportar el desprecio con la cabeza alta.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Le dije que ninguna mujer se abría de piernas para él tan fácil. Él solo sonrió y respondió: «Ya lo veremos». No sabía lo que escondía detrás de esa puerta.
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
Salí del local colgada de su brazo, mareada y sin sujetador, convencida de que solo me acompañaba a casa. Esa noche perdí la cuenta de las cosas que dejé pasar.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Me tiré en la cama rodeada de ellos, con cara de hambrienta, y supe que esa noche iba a romper mi propio récord. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Entré sin pensar en quién estaría del otro lado del muro. Lo que no imaginé fue reconocer la voz que pidió permiso para acercarse.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Tengo 34 años, una melena rubia hasta la cintura y un deseo que ya no disimulo: vivo para obedecer. Esta es mi presentación, sin pudor y sin filtros.
Esa tarde crucé la puerta del ciber con tacones que apenas dominaba y una certeza nueva: ya no iba a pagar por las cabinas, iba a pagar con mi cuerpo.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Esa noche dejé de ser la señora correcta de siempre. Escribí lo que de verdad quería, pulsé enviar y esperé a que tres desconocidos vinieran a buscarme.