La noche que mi marido quiso verme con otro hombre
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Abrí la puerta de la habitación y lo primero que oí fue un gemido largo y el golpe de una cama contra la pared. No estábamos solos, y ninguno quiso frenar.
Llevaba un mes diciéndome que su marido fantaseaba con verla con otro. Esa noche dejé de escucharla hablar y la llevé donde todo podía pasar de verdad.
Mi esposa soñó que yo me acostaba con otra mujer mientras ella miraba. Días después, en el hotel, esa fantasía dejó de ser un sueño.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Esa noche acordamos algo distinto. Yo cocinaría, abriría la puerta y la vería disfrutar con otro. Lo que no imaginé fue cuánto me iba a gustar obedecer.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.
Embarazada de dos meses, abrí el móvil y vi a mi marido con una compañera de trabajo. No lloré tanto como creía: empecé a contar cuántos polvos me debía.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Quedaba una semana para mi boda cuando me senté en el centro del salón y dejé que un desconocido me convenciera de cruzar a esa habitación.