Lo que mi amiga y yo hicimos en aquel hotel de la costa
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Lo vi inquieto en una banca del campus, esperando a alguien, y mi radar se encendió. No imaginé que ese chico tímido me haría perder la cuenta de las horas.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Cruzamos una sola mirada entre los percheros y supe que esa tarde no iba a volver a casa siendo la misma. Él tampoco lo sabía todavía.
Tres noches durmiendo a su lado en esa cabina diminuta, hasta que una madrugada su mano enorme empezó a recorrerme como si yo ya le perteneciera.
Llevábamos cinco días encerrados en la misma cabina, y esa madrugada, con el motor apagado y el calor pegándose a la piel, dejé de fingir que no lo deseaba.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
Quería una rosa en el glúteo derecho. Lo que no imaginé fue lo que sentiría cuando las manos de aquel desconocido empezaron a recorrer mi piel desnuda.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Salimos del último bar muy borrachos, sin imaginar que esa calle desierta nos llevaría a algo que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta.
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.
Metí la cabeza por el costado de la cascada esperando una cueva vacía. Lo que encontré ahí dentro me cambió la tarde entera.
Le escribí «puerta entreabierta, si te atreves» y apagué casi todas las luces. Cuando subió las escaleras, supe que ya no había vuelta atrás.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
La vi al subir y supe que no iba a dormir. Lo que no imaginé es que la espiaría desde las sombras del entrevagón mientras otro hombre la tomaba contra la ventana.
Salgo al jardín casi desnuda porque sé que él me observa tras las cortinas. Hoy he preparado algo especial para mi mirón favorito.
Entré a esa discoteca convencida de que yo elegía. Tres horas después, un desconocido me había desarmado por completo y yo le rogaba que no parara.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Lo conocí recogiendo el correo. Una semana después estaba de rodillas en el cuarto de contadores, preguntándome cómo había perdido el control tan rápido.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.