Lo que le hicimos al chico del cine aquella noche
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Me arrodillé entre los arbustos, con las medias rotas y las rodillas en la tierra. Me pidió que ladrara. Y lo hice. Lo que eso me dijo de mí misma fue lo más revelador de la noche.
Era la primera vez en años que decidí ir a por lo que quería sin pensar demasiado. Supe que iba a follármelo antes de que se girara hacia mí.
Me pregunto si algo falla en mí. Estoy dentro de ella y mi mente ya se fue: otro hombre, haciéndola gemir de una forma que yo nunca he logrado.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
Apoyé el celular sobre la cómoda con la videollamada activa. Mi amante miraba en silencio mientras un desconocido me besaba el cuello. No quería perderse nada.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Cuando el masajista dejó caer su bata al suelo, comprendí que el regalo de aniversario de mi marido escondía mucho más que un circuito termal y un masaje a cuatro manos.
Cuando abrí la puerta, lo primero que noté fueron sus labios. Lo segundo, cómo me miró antes de entrar. Ya sabía cómo iba a terminar la tarde.
Llevábamos doce años hablando por chat cuando accedió a vernos. Llegó al parking con vestido rojo de pvc y un bolso del que sacó la jaula más bonita que había visto nunca.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.
Llevábamos meses jugando con la idea. Pero cuando Laura se acercó a aquel hombre en el agua y vi cómo movía la mano bajo la superficie, supe que ya no era una fantasía.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
No lo había planeado. Pero cuando él entró al local con los demás y me clavó los ojos, ya supe que esa noche iba a terminar de una sola manera.
Se creía sola. Levantó el celular, encuadró su cuerpo desde abajo y esperó al temporizador. Yo no aparté los ojos ni un segundo.