Mi primera vez con un hombre empezó en el tren
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Esa tarde no necesité ningún video. Bastó cerrar los ojos para viajar a un balcón donde alguien me miraba gozar y a mí dejó de importarme todo lo demás.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.
Estaba solo en casa, abrí la aplicación y un camionero rumano respondió con una foto que me sacó de la cama y me llevó hasta su tráiler.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
Reservé el lugar para nuestro aniversario, pero ella se me adelantó: el hostal era el cuartel de un club privado y esa noche el botón rojo estaba al lado de la cama.
Cuando abrió la puerta de un golpe, con el rímel corrido y el vestido arrugado, supe que esa noche había pasado algo que lo iba a cambiar todo entre nosotros.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Eran las tres de la mañana cuando escuché la llave en la cerradura. Me escondí detrás de la cortina sin imaginar lo que mi madre dejaría que le hicieran a un metro de mí.