La desconocida que me rozó en el camión de mujeres
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Conecté el sistema desde la oficina solo para vigilar la herramienta. Lo que apareció en la pantalla fue mi mujer quitándose el bikini delante de él.
—Marina, no te lo vas a creer: entré a hacer la habitación y había una pareja en la cama. Y yo me quedé mirando desde la puerta, sin poder moverme.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Llevábamos meses fantaseando con la idea. Esa noche, mientras ella subía la escalera detrás de la camarera, supe que yo iba a mirar todo desde el cuarto de al lado.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
Pensé que el balneario estaba vacío hasta que escuché las risas. Cinco voces jóvenes, cinco miradas que no se desviaron del bikini blanco mojado contra mi piel.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Eran casi las once cuando el ascensor me dejó frente al estacionamiento vacío. No pensé que esas llaves me costarían tan caro, y tan barato a la vez.
Aquella tarde giré el telescopio sin esperar nada nuevo, y la vi: arrodillada sobre la silla, ajena al hecho de que un desconocido a treinta metros la observaba en silencio.
Cuando me dijo el total y conté los billetes, supe que me faltaban cuatro mil. La miré, apoyé los codos en el mostrador y le susurré algo al oído.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.
Llevaba años pegando la oreja a las paredes de moteles baratos. Una noche encontró un foro que prometía algo más: cabinas con vista al placer ajeno.