Lo que pasó con el camionero en el área de descanso
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.
Llevaba semanas escribiéndome con ella sin saber que vivíamos a quince minutos. Cuando me mandó la dirección a la una de la madrugada, no lo pensé dos veces.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Bajamos a una playa vacía y nos quitamos los trajes de baño. Diez minutos después, sentí que los binoculares del segundo piso de aquella lancha grande no nos perdían de vista.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Cuando entró al baño no esperaba que se arrodillara entre mis piernas, ni que su lengua decidiera por mí lo que llevaba años evitando preguntar.
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Nunca había besado a una mujer. Pero aquella mañana, en el probador de una tienda casi vacía, ella puso las manos en mi cintura y dejé que pasara todo.
En el barrio, Camila era invisible. Hasta esa tarde gris en que un desconocido en el supermercado encendió en ella algo que llevaba años en silencio.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Iba sola en el asiento de adelante. El calor, su mirada en el espejo, y un comentario suelto que jamás debí haber respondido como lo hice esa madrugada.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Llevaba dos días bajando las cortinas para esconder lo que hacía. Aquella última mañana decidí dejarlas abiertas, y la mujer del uniforme se quedó plantada al otro lado del patio.
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.