El sueño que cada noche me reclama como suya
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
Me quité el pantalón en el pasadizo y quedé en faldita y medias. A una cuadra de su casa abandonada, sentí la adrenalina dispararse al mil por ciento.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Salí a la calle con tacones y minivestido fingiendo que olvidaba algo. Solo quería que uno de ellos me mirara. No imaginé que entraría hasta mi casa.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.
Bajé por un café en ropa interior y, al girarme hacia la ventana, descubrí al jardinero mirándome con la mano dentro de su overol.
Me lo contó al día siguiente, todavía con la voz ronca y una sonrisa que no sabía si era de orgullo o de culpa. Lo que me dijo no me lo esperaba.
Le entregué la nota doblada y un preservativo sin decir una palabra. Él la leyó, me miró de arriba abajo y solo dijo: ven conmigo. No volví a pensar con claridad en horas.
Caminé hasta ese portón oxidado vestida solo para él, con el pulso en la garganta. Ese día descubrí cuánto me gustaba ser deseada por alguien que ni conocía.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Salí de casa con la falda más ligera que tenía y una idea fija: encontrar un rincón apartado, abrirme de piernas y dejar que el aire —y quizás unos ojos— hicieran el resto.
Esa noche el polígono estaba vacío, salvo por un tráiler con la cabina encendida y un hombre que no apartó los ojos de mí ni un segundo.
La azafata tocó el timbre justo cuando él estaba dentro de mí. Lo que hizo cuando abrió la puerta cambió la noche, el viaje y todo lo que vino después.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Llevaba el sombrero de vaquera y ninguna intención de volver sola. No imaginaba que un desconocido me propondría algo que nunca antes me había atrevido a probar.