Acepté el trabajo de limpieza en casa de los primos
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
El camión iba lleno y me senté hasta el fondo. Cuando me bajé el cierre supe que jugaba a perder, pero esa mujer del escote no apartaba la mirada y eso solo me puso peor.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Sonó el timbre a las siete y media y supe que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Ella bajó las escaleras sin sujetador, los miró y sonrió.
A los cuarenta y siete años publiqué mi primer anuncio. Tardé meses en atreverme a quedar, pero esa tarde en el motel ya no había vuelta atrás.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
Llevaba media vida con la misma mujer cuando aquella desconocida del estampado de leopardo se sentó a mi lado y me miró como hacía años nadie me miraba.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Cuando él me ató el antifaz negro y abrió la puerta del reservado, no imaginé que detrás de una de aquellas máscaras me esperaba alguien que conocía desde la infancia.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Llevaba quince años casada y nunca había mirado a otro hombre. Hasta que Lorenzo le ofreció enseñarle su taller a las siete de la mañana y cerró la puerta con llave.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
Esa carpeta no debía existir. Pero la abrí, y entre cientos de fotos mías dormida y desnuda, encontré algo peor: el correo donde él las regalaba.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.